Encontré docenas de bolas de color amarillo anaranjado en el patio, con formas extrañas y desiguales. Me quedé atónito al darme cuenta de lo que eran.

Aquella mañana parecía completamente normal. 🌿 El aire era fresco, el cielo de un azul pálido y el olor a tierra húmeda impregnaba el jardín. Salí con mi regadera, tarareando suavemente mientras recorría los canteros de flores. Todo estaba en calma… hasta que llegué al viejo árbol junto a la cerca. Fue entonces cuando las vi.

Decenas de pequeñas esferas amarillo-anaranjadas colgaban de las ramas, brillando débilmente bajo la luz de la mañana. A primera vista, parecían diminutas naranjas, irregulares, algunas adheridas directamente a la corteza. Me quedé quieta, parpadeando, sin saber si lo que veía era real. Era una visión hermosa… y al mismo tiempo inquietante. 😳

Me acerqué, movida por la curiosidad. La superficie de una de las esferas era translúcida, como de gelatina. Cuando la toqué, se hundió ligeramente bajo mis dedos: era blanda y un poco húmeda. Un olor dulce, pero con un toque podrido, llenó el aire. Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo. Era como si el árbol estuviera dando frutos vivos.

Durante unos segundos no supe qué hacer. Luego, presa del pánico, corrí a casa, tomé mi teléfono y busqué desesperadamente: *“bolas naranja en la corteza del árbol blandas húmedas con olor raro”*. En cuestión de segundos, aparecieron imágenes… exactamente iguales a lo que había visto. Mi corazón latía con fuerza cuando leí el nombre: **Cyttaria**, un hongo parásito. 🍄

Según el artículo, este hongo crece normalmente en Sudamérica, sobre árboles del género *Nothofagus*, parientes de las hayas. Era rarísimo encontrarlo en otros lugares, pero debido al cambio climático, sus esporas podían viajar miles de kilómetros y colonizar nuevos árboles.

Un escalofrío me recorrió la espalda. ¿Cómo había llegado algo así hasta mi pequeño jardín? ¿El viento? ¿O algo más?

Leí más, y el miedo se intensificó. La Cyttaria no mata al árbol enseguida: se introduce en la madera, se alimenta lentamente de ella, y provoca que el árbol forme abultamientos, como tumores. De esos crecimientos brotan después las esferas anaranjadas. Con el tiempo, el árbol se debilita, se seca… y muere.

Salí nuevamente, esta vez con guantes y tijeras de podar. El aire se sentía más pesado, y las ramas susurraban débilmente. Las esferas parecían palpitar a la luz del día, como si respiraran. Corté una rama infectada y la dejé sobre el suelo. Del corte goteó un líquido anaranjado.

Parecía… vivo.

Sentí que algo me observaba. La corteza parecía moverse, hincharse, como si el árbol respirara. Quizás era el viento… pero cuando me acerqué más, escuché un leve crujido, un murmullo dentro del tronco. 😨

Esa noche no pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía aquellas esferas brillantes. A medianoche, un golpecito en la ventana me hizo abrir los ojos. Fui hasta allí, el corazón desbocado. El jardín estaba tranquilo, iluminado por la luna. Nada se movía… excepto por el tenue resplandor en las ramas.

Las esferas brillaban, como pequeñas linternas suspendidas en el aire.

A la mañana siguiente llamé a mi amigo Daniel, un botánico. Llegó con sus instrumentos y una sonrisa tranquila. “No te preocupes”, me dijo, “veremos qué es.” Pero en cuanto vio el árbol, su rostro palideció.

“Sí, es Cyttaria”, murmuró. “Pero… esto no es normal. No debería brillar.”

Tomó una muestra y la guardó en un tubo. “Las esporas se están extendiendo. Si no cortamos las partes afectadas, el árbol morirá.” Cortamos las ramas más enfermas y las quemamos al fondo del jardín. El humo tenía un olor dulce, casi metálico.

Daniel prometió analizar la muestra y se marchó antes del atardecer. Me quedé observando el tronco herido bajo la luz dorada del sol. Por un instante, juraría haber oído un suspiro. Tal vez fue mi imaginación.

Dos días después, Daniel me llamó. Su voz sonaba alterada. “Escúchame bien”, dijo. “He examinado la muestra al microscopio. Las esporas no son solo fúngicas; contienen trazas de clorofila, como células vegetales… y algo más. Reaccionan a la luz.”

“¿Reaccionan cómo?” le pregunté, con el corazón latiendo fuerte.

“Se giran hacia ella”, susurró. “Como si miraran.”

Esa noche volví al jardín. La luna llena bañaba todo con su luz plateada. Las heridas del árbol seguían húmedas, y ya brotaban nuevos capullos naranjas, resplandecientes. Comprendí que el hongo no había muerto.

Pero lo más inquietante era el patrón: las nuevas formaciones estaban unidas por líneas finas de luz, formando círculos. Me alejé un poco… y vi que formaban una palabra.

**“RAÍZ.”**

Un soplo de viento agitó las hojas, y el suelo tembló levemente. El tronco crujió, se abrió una grieta, y una luz anaranjada emergió, recorriendo las raíces que se extendían por el terreno.

Retrocedí horrorizada mientras la luz se propagaba de árbol en árbol, de planta en planta. Todo el jardín comenzó a brillar con un resplandor ámbar, como si la tierra misma respirara. 🌕

Corrí dentro de la casa y cerré la puerta con llave. Desde la ventana vi la luz palpitar, lenta, constante, como un latido. Intenté llamar a Daniel, pero la línea estaba muerta. Solo escuché estática.

Por la mañana, todo había desaparecido. El jardín parecía intacto. Solo quedaban leves marcas quemadas en el césped, formando el mismo dibujo… el mismo nombre.

Ese día empaqué mis cosas y me fui. No podía seguir viviendo allí. Pero a veces, cuando cierro los ojos, aún siento ese olor dulce y podrido.

Y por las noches, en el silencio absoluto, vuelvo a escucharlo — el murmullo de las raíces creciendo, susurrando bajo la tierra. 🌙🍂

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